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domingo, 26 de agosto de 2012

Cajón de Sastre: "Limpieza", por Carmen Jara


"LIMPIEZA", por Carmen Jara (Bibliotecaria de Ceutí)
Desde pequeña aprendí que la limpieza a fondo de una casa hay que realizarla con periodicidad. Concretamente en mi familia venía marcada por los grandes acontecimientos festivos del año: navidad, pascua florida y fiestas del pueblo. Eso era en casa de mis padres porque en la mía, esta sana costumbre ha quedado algo más diluida. 
Aprovechando las vacaciones, me propuse hacer en mi morada una de estas grandes limpiezas. Craso error porque con las temperaturas que estamos alcanzando en este estío, que seguro quedarán grabadas en los anales meteorológicos, no parecía una idea muy acertada. De todas formas, lo tenía tan claro que me puse manos a la obra.
Lo que no tenía tan previsto es que esta limpieza se fuera a convertir en algo parecido a un viaje iniciático. Trataré de explicarme lo mejor que pueda. Hay muchas formas de limpiar. Desde el eufemismo que usaba mi madre para la limpieza de los domingos de "dar la pasada", que para ella consistía en pasar el trapo por todas las superficies planas o "testeros", palabra que también solía usar mucho, y que a mi me sacaba de quicio porque lo que de verdad estaba deseando era arreglarme para llegar a la iglesia, por lo menos antes de que D. Salvador, el cura, diera la bendición, y  poder pasar un rato con los amigos, hasta la de sus "deshollinos"; ésta es la palabra que mi madre ha usado siempre para las limpiezas a lo bestia que incluían: pintar toda la casa por el deterioro que sufrían las paredes a causa de la tremenda humedad, dar aceite a todos los muebles, sacarle brillo a todo lo que tenía que brillar, sacar todo de los cajones y armarios, etc., etc., hay un amplio abanico donde elegir.
Pues bien, yo emprendí mi tarea tratando de encontrar el término medio que es donde dicen que se encuentra la virtud, y una vez realizada la limpieza de la cocina ayudada por otra persona, decidí acometer la misma labor con aquellos otros rincones de la casa que, por su carácter más personal e íntimo, sólo una misma puede realizar. Me estoy refiriendo a mi dormitorio y a cajones y armarios donde guardas un montón de cosas además de ropa.
¡Cómo es posible que haya sido capaz de acumular tal número de cosas !
Así se entiende que para desprenderme de parte de todo eso acumulado durante años necesitara cinco horas sin moverme del dormitorio. Cuando acabé, era como si hubiera hecho un viaje en el tiempo, como si me hubieran abducido y hubiera estado durante unas horas en algún lugar donde debemos perdernos cuando estamos viendo pasar, por nuestros ojos y manos, parte del pasado en forma de objetos de lo más variopinto. Cartas, postales, monederos desechados pero que no he podido tirar por motivos sentimentales y en los que todavía quedan dentro cosas para el recuerdo, montones de invitaciones de boda, de algunas de ellas no he conseguido averiguar quienes eran los contrayentes y otras me hicieron sonreír porque algunos de esos matrimonios son ya historia pasada; recuerdos de comuniones, varios cinturones de cuando era casi una adolescente que, por cierto, me sirvieron para darme cuenta de cómo había aumentado el número de centímetros de mi cintura, planos de ciudades, entradas de museos, folletos informativos de viajes realizados, diarios de esos viajes, bolígrafos a los que se les secó la tinta hace tiempo, tiques de compras en grandes almacenes de hace años, incluso algún que otro objeto que ni siquiera sé qué es ni de dónde ha podido salir. 
Entre todo este maremágnum de objetos, había otros con más carga emocional. Me refiero a unos zapatitos de mi hijo de cuando era pequeño, unos calcetines calados, una hoja con la impresión de sus manos manchadas en pintura, unos tirantes que le compré en la Expo de Sevilla, una pajarita de un disfraz, algunos dientes de leche, tiques de la farmacia con su peso, casi ilegible, de cuando tenía meses, ¡¡los partes de baja maternal!, un juego de llaves del primer coche que tuve y un largo etcétera de esta clase de cosas que guardamos, tal vez esperando que nos sirvan para recordar cuando la memoria nos falle.  
Tres bolsas de “cosas” acabé tirando a la basura y para mi fue como si me hubiera desprendido de un gran lastre. Por supuesto que muchos de los objetos nombrados aquí siguen y seguirán conmigo durante más tiempo, puede que toda mi la vida. Lo que ha ido a la basura era sólo eso, basura, que estaba ocupando un espacio físico tontamente.
Este proceso mental marcado por la necesidad de tirar y deshacerme de cosas, ha llegado a tal punto que incluso ha afectado a mi correo electrónico, dejando a cero la bandeja de entrada, la de correo no deseado y la papelera. Me ha felicitado con un ¡hurra! mi servidor. 
Según una querida amiga mía, ésto puede ser un síntoma de que algo en mi cerebro está cambiando. Puede que tenga razón. Desde luego para mí ha tenido un gran valor emocional porque tengo una tendencia natural a guardar cosas. Quitarme parte de todo eso ha sido un acto de superación personal que sólo puede entender alguien que tenga esta misma tendencia a guardar de forma indiscriminada.
Si al final resulta que no ha cambiado nada en mi futuro proceder, por lo menos he dejado sitio para lo que está por llegar.
           
 
   

martes, 19 de febrero de 2008

Cajón de Sastre: "La Carta", por Carmen Jara

"LA CARTA", por Carmen Jara (Bibliotecaria de Ceutí)
Hay quien no cree en las casualidades. Quien piensa que las cosas suceden porque tienen que suceder, porque algo o alguien mueve los hilos de nuestra existencia.
No sé qué habrá de cierto en esta creencia pero hoy me ha pasado algo que me ha producido una sensación rara, me ha hecho pensar que alguien trataba de buscar un hueco en mi recuerdos después de muchos años. Es posible que cuando llegan ciertas fechas que tienen un significado muy especial en nuestra vida, se produzcan ciertas “casualidades” que nos lleven hacia lugares que creíamos olvidados.
Estando colocando una cosas en su sitio, me ha aparecido entre unos libros una carta que escribí tal día como hoy hace veinticinco años. Una carta que le había escrito a una persona fallecida cuatro días antes. Esta persona había significado mucho para mí en un tiempo pasado y su muerte en plena juventud, vino a llenarnos de tristeza a todos lo que lo conocíamos. Fuimos novios desde una edad muy temprana, puede que demasiado, hasta otra en la que empezaba a aflorar lo que íbamos a ser en el futuro. Esa evolución, esa madurez que íbamos adquiriendo fue lo que nos separó en vez de unirnos pero eso no fue obstáculo para que continuáramos siendo buenos amigos.
Al leer la carta no he podido contener las lágrimas. Me ha sobrecogido el hecho de que en todo este tiempo no la había visto y ni recordaba haberla escrito y que, precisamente hoy que no hubiera tenido que estar haciendo lo que estaba haciendo por ser precisamente domingo, haya llegado a mis manos como si “alguien” lo hubiera hecho a propósito.
Esta es la carta que entonces le escribí a mi querido amigo fallecido:

Murcia-17-Febrero-1983
Mi querido Tomás:
Ahora puedo volver a escribirte porque vuelves a pertenecerme. Ahora que sólo eres recuerdo para todos, yo ocupo una parte importante en ese recuerdo.
Tú y yo hemos compartido la adolescencia y un poco de la juventud, un poco que en tu caso es un mucho porque te has ido cuando empezabas a vivirla.
Hemos compartido casi diez años de nuestra vida. Durante ese tiempo tuvimos momentos de auténtica felicidad y otros de gran amargura. Con tu muerte, lo que antes era una parte de mi vida pasada, se ha convertido en algo sumamente importante. En cuanto a mi se refiere, me has ganado en tu última batalla. Has conseguido que nunca pueda olvidarte y que aquellas cosas, que son muchas, que llenan mis cajones, mis lejilllas, mis estantes… sean autenticas reliquias para mi.
¡Qué recuerdos vienen a mi mente, Tomas! Buenos y malos, no hay que desdeñar ninguno.
Tus manos, esas manos morenas, robustas, de uñas anchas. Esas manos que tantas veces acariciaron mi cara con un suave roce mientras estábamos sentados en las mecedoras del Casino.
Nuestro primer beso. Siempre lo he recordado como un suave roce en mi mejilla. Fue en la puerta de mi abuela, junto a la ventana.
Y aquellos otros besos que nos dábamos en plena calle, algunas veces entre ocultos con las ramas de las moreras que aún existían en la carretera y que ya no están. Recuerdas que al principio los contábamos. “Diecinueve y medio”, esa era la inscripción que queríamos ponerle al reloj de bolsillo que me regalaste y que no llegamos a ponersela.
Aún llevo en la mano la sortija que me regalaste hace 7 u 8 años para el día de mi santo. Estabas en casa y te fuiste a Murcia en la moto para recogerla porque tuvieron que agrandarla. La colocaste detrás de una fuente que había sobre la mesa que yo estaba limpiando en ese momento y tú me dijiste que no lo estaba haciendo bien, que tenía que levantar la fuente para limpiar por debajo.
Tengo algunos billetes de tus viajes de Granada a Murcia cuando estabas haciendo la mili.
Me acuerdo de cuando te llevábamos a la Venta del Olivo para que allí te recogieran unos compañeros. Y cuando te llevábamos a Alguazas para que cogieras el coche a Caravaca.
Y hablando de la mili, nunca se me olvidará cuando estuve en Málaga y tuve que verte en el calabozo y con un soldado delante de nosotros con un fusil en la mano. Y nuestra gran pelea en Almería cuando fuimos mis padres, mi hermano Vicente y yo a pasar el día contigo. Al final todo se arregló como pasaba siempre.
Hay tantas cosas que me hubiera gustado hablar contigo. Me hubiera agradado tanto haber asistido a tu boda. Yo me alegré mucho de que te casaras. Hubiera querido ser amiga de tu mujer. Haberla conocido, haber visto tu casa. Continuar una amistas que yo no creo que sólo pudiera ser utopía.
El lunes, cuando estuve en tu casa después de tanto tiempo, no puedo decir lo que sentí. Todo estaba prácticamente como entonces. Los mismos muebles, los cuadros de la entrada y el espejo donde yo tantas veces me había mirado antes de salir. Pero había algo que lo descomponía todo. Un oscuro ataúd que llenaba un espacio infinito. Allí donde otras veces nos habíamos sentado tú y yo, en verano a tomar el fresco y en invierno nos habíamos helado mientras hablábamos, allí donde tanto tiempo habíamos pasado, se encontraba la realidad más triste a la que he tenido que hacer frente en mi vida. Nunca más volvería a hablar contigo, nunca más nos volveríamos a encontrar casualmente en cualquier parte, nunca más volvería a ver aparcado tu coche en una calle, jamás tendremos la oportunidad de reunirnos todos de nuevo con un motivo cualquiera.
Ya no volverás a cumplir más años. Siempre te recordaremos joven, ya no serás ocho días mayor que yo. El tiempo ha dejado de pasar por ti. Pero él no conseguirá borrarte de mi mente mientras viva y cuando a mi me llegue también la hora, te buscaré en el otro mundo como un amigo busca a otro amigo en un momento difícil, esperando encontrar en ti la ayuda que me prestaste en otras ocasiones”.

martes, 30 de octubre de 2007

Cajón de sastre: "Don Juan"

Texto de Carmen Jara, Bibliotecaría de Ceutí
D. Juan
Para los que tenemos cierta edad, el personaje de Don Juan Tenorio, del escritor José Zorrilla, es un clásico de nuestra literatura pero también de nuestra cultura. De hecho, Zorrilla se inspiró al hacer esta obra en otras ya existentes que habían consolidado el mito de un personaje con un estereotipo que forma parte de la iconografía española y que hemos exportado a otras culturas. Tanto es así que un genio de la música como es Mozart se inspiró en él cuando creo su magnífica ópera Don Giovanni, contribuyendo así a inmortalizar este personaje en todo el mundo. También en escritores y pintores, la figura de D. Juan ha dado mucho juego sobre todo en el Romanticismo.
España no solo es conocida por la paella, la pandereta y el “ole, torero”. También tenemos uno de los personajes míticos que, junto con el Quijote, han dado a los extranjeros unas referencias sobre nuestro carácter y nuestra forma de entender la vida. Tanto D. Juan como D. Alonso Quijano han contribuido a que muchas personas en el mundo nos conozcan a través de estos personajes literarios.
Uno representa al hidalgo caballero, romántico, idealista y aventurero, el otro es el caballero conquistador, altanero, desafiante, irrespetuosos con las creencias religiosas, amigo de juergas y jaranas. Dos contrapuntos en literatura que vienen a resumir el temperamento español, o por lo menos, lo que ha definido nuestra idiosincrasia a grandes rasgos. El español afronta la vida como un quijote o como un don juan.
Cuando alguien lea estas líneas lo primero que le vendrá a la mente es que el escrito está relacionado con las fechas. Naturalmente, para que esta relación se de, uno debe tener más de cuarenta años porque de otra manera no podrá llegar a dicha conclusión. Voy a hacer algunas aclaraciones por si tengo la suerte de que esto lo lea alguien con menos edad.
Hubo un tiempo en que cuando se acercaba el Día de Todos los Santos, además de los puestos de arrope y calabazate, en muchos pueblos de nuestra región y de todo el país, se empezaba a preparar la representación de D. Juan Tenorio. La televisión, en su inolvidable Estudio1, nos ofrecía cada año, la noche 31 de octubre, esta obra. Recuerdo incluso que no me dejaban que la viera porque era para mayores. Yo me hacía la dormida tendida en el sofá y por el rabillo del ojo conseguía ver a D. Juan diciéndole a Dª Inés aquello de “…no es verdad ángel de amor…”. Cambiaban los actores que daban vida a los personajes pero no la atmósfera, ni el recogimiento, ni el anisa con que esperaba a que D. Juan pudiera decir de nuevo aquellas palabras de amor al oído de Dª Inés. Palabras, dicho sea de paso, que todos los españoles hemos repetido en alguna ocasión, sobre todo si se había consumido alguna copa de más.
Pero para nuestros adolescentes y niños, el 31 de octubre es Halloween. D. Juan tiene un reto ante sí del que no parece que vaya a salir vencedor. Y es que competir con la cultura anglosajona en estos tiempos es más difícil que hacerlo contra las estatuas que bajan de sus pedestales en un cementerio de Sevilla. Al Tenorio le va a hacer falta algo más que una espada o florete, lo que quiera que usara en sus contiendas, para poder hacerse hueco en esta sociedad donde la calabaza, el “truco o trato”, los disfraces y toda la parafernalia que esta festividad lleva consigo, pueda competir con una historia de espadachines, honores perdidos, hábitos y todo ese mundo que para las nuevas generaciones no representa nada.
Dª Inés consiguió salvar el alma de su amado D. Juan de la condenación al fuego eterno, pero no contaba con la fuerza que hoy puede tener una impertinente calabaza con ojos y sonrisa iluminada por velas que la mayoría de nosotros no sabemos qué representa, pero que ha conseguido meterse en nuestro mundo cotidiano de la mano de nuestros hijos.
Para terminar y puesto que estoy hablando del Tenorio, quiero cederle la palabra a D. José Zorrilla y dejar que sea él , a través de un poema que escribió y tituló D. Juan, el que nos describa a este icono de la literatura universal:
Tiene que es de nuestra tierra
el tipo tradicional;
tiene todo el bien y todo el mal
que el genio español encierra.
Que, hijo de la tradición,
es impío y es creyente,
es balandrón y es valiente,
y tiene buen corazón.
Tiene que es diestro y zurdo,
que no cree en Dios y le invoca,
que lleva el alma en la boca,
y que es lógico y absurdo.
Con defectos tan notorios
vivirá aquí diez mil soles;
pues todos los españoles
nos la echamos de Tenorios
y si en el pueblo le hallé
y en español le escribí
y su autor el pueblo fue…
¿ por qué me aplaudís a mi?...



martes, 16 de octubre de 2007

Cajón de sastre: "Reciclaje"

Texto de Carmen Jara (Bibliotecaria de Ceutí)
RECICLAJE
Esto de reciclar es algo que se ha convertido en un hecho totalmente necesario si queremos dejar un mundo medianamente saludable a nuestros nietos.
Dicho esto, también es verdad que es un total y absoluto coñazo. Si te lo tomas todo lo en serio que el tema merece, puedes acabar de los nervios.
No es que sea difícil, de hecho los niños parecen que tienen un sexto sentido para esto al igual que lo tienen para los videojuegos. Pero a una le ha pillado un poco más entrada en años y la cosa tiene su punto. A veces me veo mirando un resto de basura como si estuviera esperando que éste hiciera la merced de decirme de qué están compuestas sus entrañas y así saber en qué bolsa tengo que echarlo. Y es que hay cosas que son fáciles de catalogar, pero hay otras que no termino de tener su composición química muy segura. Hay plástico que parece papel y papel que parece plástico, por poner un ejemplo.
Además hay envases que no son tampoco especies puras, para darle más emoción a esto del reciclaje. Si quieres llevar hasta las últimas consecuencias tu filosofía recicladora, no hay quien te libre, por ejemplo, de estar pelando una botella de refresco o de agua como si fuera una cebolla. Porque una cosa es el plástico y otra es el papel y hay que separar lo uno de lo otro antes de tirarlas.
Yo no había pasado tanto tiempo entre basura como en los últimos meses de mi vida. Hay ratos que me siento en la tranquilidad de mi cocina para determinar en qué sección debo echar un objeto que, con las prisas de por la mañana antes de irme al trabajo, no he podido determinar cual era su ubicación dentro de los distintos desechos que tengo embolsados.
Con una cocina grande como la mía, el problema se suaviza pero ya no la tengo tan organizada ni tan bonita como antes y es que, además del cubo de toda la vida, siempre tengo dos o más bolsas colgadas por aquí y por allá para ir echando los distintos tipos de basura.
Esto de reciclar crea adicción porque cuando estuve pasando unos días en un pueblo, por cierto de Barcelona que parece increíble que allí no reciclen todavía, me costaba muchísimo trabajo mezclar el papel con el plástico, las latas y la basura orgánica.
Hay otra cosa muy simpática que ha traído esto del reciclaje y son las reuniones vecinales que se establecen alrededor de los contenedores de la basura. No es raro que todas las noches, y sobre todo a determinadas horas, se encuentren vecinos que mientras van de uno a otro contenedor echando los diferentes tipos de desechos, se intercambien saludos, comentarios, se ayuden unos a otros a agilizar la labor, en una palabra, se ha convertido en un lugar de encuentro como otro cualquiera.
Si cuando vas a tirar la basura tienes la suerte de que haya algún comerciante que tiene llave de los contenedores, en un segundo te deshaces de todo tu cargamento. Y es que no viene mal que, incluso ante la boca de un contenedor de basura, en algunas ocasiones alguien te meta por la puerta de atrás.

martes, 2 de octubre de 2007

Cajón de sastre: "La boda"

Texto de Carmen Jara, Bibliotecaría de Ceutí
LA BODA
Una boda es siempre motivo de alegría y de reunión de familiares y amigos.
Pero esto que es tan sencillo de resumir en apenas un renglón escrito, es todo un reto para la pareja que se casa y los familiares más directos.
Los humanos somos únicos a la hora de complicar las cosas sencillas de la vida. Enamorarse es algo que todavía no pueden explicar los científicos por qué ocurre, pero sabemos que a miles de personas les pasa a diario. Lo que es más complicado, y consigue poner a prueba incluso al más templado, es toda la parafernalia que una boda lleva consigo. No somos capaces de sustraernos a toda la serie de ritos que nos marca la tradición. Pero esta tradición es algo que nos hemos ido forjando nosotros mismos a lo largo del tiempo, añadiendo cada vez más “detalles” que hemos hecho imprescindibles, y que hacen del hecho de que dos personas quieran asumir la responsabilidad de compartir su vida, algo que nos cuesta, como diría Churchill, sangre, sudor y lágrimas.
Y es que decir “si, quiero” cuesta una pasta. Da lo mismo que sea ante la Santa Madre Iglesia o ante un juez togado. Es posible que la economía nacional se resintiera si de golpe todas las parejas que piensen contraer matrimonio hicieran “huelga de celebraciones caídas”.
Desde el momento que una pareja decide unirse y hacerlo con todos los requisitos que conllevan los ritos sociales que nosotros hemos ido inventándonos tan alegremente, se abre ante ellos una cascada de decisiones que deben ir tomando: lugar de la celebración, número de invitados, presupuesto… y un largo etcétera en los que no es necesario profundizar aquí porque todos los conocemos (ropa del novio/a, flores, fotógrafo, viaje de novios).
Ahora, toda boda hay que planificarla al menos con un año de antelación porque, tanto las iglesias como los juzgados y no digamos los restaurantes, están tan solicitados que sería imposible hacer proyectos a más corto plazo. Tanto es así que estos últimos se han buscado fórmulas alternativas para incentivar con ofertas especiales a los novios que se casen en viernes. En los negocios, el que no corre, vuela.
Pero alrededor de un enlace no sólo hay un tema comercial. Hay otro mucho más importante, el afectivo. Dos personas deciden unir sus vidas y dos familias que prácticamente no se conocían, pasan a formar parte la una de la otra.
Se dice que los padres que casan a una hija no la pierden si no que ganan a un hijo. Tal vez haya algo de verdad en esto pero las cosas no vuelven a ser como antes y es posible que sea por esta razón por lo que las madres lloran en las bodas de los hijos.
Todos los padres queremos lo mejor para nuestros vástagos y, entre otras cosas, casarlos es una de estas buenas cosas, al menos en principio. Lo que pasa es que llegado el momento todos los padres, y sobre todo las madres, sentimos la marcha del hijo/a como un abandono, como el final de una etapa que no tiene vuelta atrás. Es el momento en que ya nos damos cuenta y sentimos que definitivamente se han hecho mayores y van a crear su propia familia igual que una vez hicimos nosotros.
Las casas que un día hicimos grandes para dar cabida a los hijos, se van quedando vacías, silenciosas y con las puertas de sus dormitorios cerradas días tras día.
Los padres nos consolamos con la idea de que es ley de vida, de que nosotros también lo hicimos en su momento. Frase que se ha repetido una y otra vez, generación tras generación, para darnos consuelo y enfrentarnos a la realidad del paso del tiempo.
Pero luego nos llegan los nietos y volvemos a tener la casa llena de voces, de risas y juegos, de vida renovada y nosotros, con más años que cuando criábamos a nuestros hijos, vivimos estos momentos disfrutando hasta el último minuto.
Y para terminar con este tema de la boda que mejor frase que:
¡¡¡Vivan los novios!!!
P.D. Quiero felicitar desde esta sección a Francis y Maru, que el sábado se casaron y tuve la suerte de compartir con ellos y con su familia ese día tan especial.

martes, 18 de septiembre de 2007

Cajón de sastre: "Feminimachismo"

Texto de Carmen Jara, Bibliotecaria de Ceutí.
FEMINIMACHISMO.-
Ayer estaba leyendo el periódico y me encontré con un artículo que me hizo mucha gracia. Ahora se hacen estadísticas de cualquier cosa y, al contrario de hace unos años, ahora se puede hablar de todo y si es de sexo mejor. Que nadie crea que estoy en contra de todo esto, muy al contrario.
Volviendo al artículo del periódico, parece ser que se ha hecho un estudio de donde se desprende que las mujeres cuando nos despertamos por la mañana preferimos un buen desayuno y los hombres hacer el amor. Además, según este mismo artículo, los murcianos se levantan de peor humor que el resto de los españoles. Lo que ya no aclara este artículo es si los que peor humor tienen es porque la mujer decide saltar de la cama para encontrarse con una buena taza de café en vez de alegrarle el día al marido, o si ese mal humor lo provoca unas malas relaciones sexuales. Mejor corramos un tupido velo.
Que las mujeres somos diferentes a los hombres es algo que parece que ya han demostrado otros estudios. Nuestro cerebro trabaja y se comporta de forma distinta y nuestras hormonas son también diferentes por lo que a nivel químico también lo somos. Esto no tiene nada que ver con que ambos sexos estén igual de cualificados para hacer las mismas cosas.
Hace semanas escribí unas notas relacionadas con unas reflexiones mías sobre las diferencias que veo entre hombres y mujeres aunque estas reflexiones están hechas sin ningún criterio científico por supuesto, sólo a nivel de observar lo que veo a mi alrededor.
Si bien es cierto que la situación de la mujer ha cambiado mucho y para bien en los últimos años, no es menos cierto que todavía nos queda mucho por andar.
Hay ejemplos muy claros y cotidianos que nos dan cuenta de ello. En nuestro día a día damos por sentado actitudes que nos hablan de un pasado no muy lejano en el que el hombre era el rey de la casa, el cabeza de familia. A parte de su trabajo, pocas eran las obligaciones que tenía en el hogar y todo lo que hiciera además lo convertía en un especimen raro al que había que mimar y alabar por su buena predisposición. Aquel que cambiaba una bombilla, descolgaba las cortinas para que se lavasen y hacía los agujeros en la pared para colgar un cuadro, era un fuera de serie.
Como ya he dicho al principio, eso ha cambiado bastante pero a poco que miremos a nuestro alrededor veremos que no es todavía suficiente. Si no, fíjense en un grupo de personas donde hayan hombres, mujeres y niños ¿quiénes son los que más enredados y pendientes de estos últimos están?. Valga otro ejemplo: ¿quiénes son los primeros que se sientan a la mesa para comer y quienes están atareadas poniendo y quitando cosas, dándole de comer a los niños...?. Son trivialidades pero sirven para ilustrar mi argumentación.
En pocas ocasiones, por no decir en ninguna, he oído que se alabe a una mujer porque sepa guisar, tender la ropa, planchar, bañar a su hijo, cambiarle los pañales, levantarse por la noche cuando llora o está enfermo, no dormir hasta que no llega a casa, etc. El hombre que hace todo esto está a un paso de salir en los informativos. Recuerdo haber visto hace unos años en televisión un reportaje sobre un caballero que llevaba la casa para adelante (amo de casa) mientras su mujer se marchaba al trabajo.
Las mujeres de hoy están capacitadas para desempeñar su trabajo igual que los hombres y además cuando llegan a casa, y aunque tengan a alguien que ayude en las faenas domésticas, todavía tendrán cosas que hacer. Pocos son los hombres que alargan su jornada de trabajo realizando labores domésticas en casa.
A la mujer nos cuesta mucho más esfuerzo ejercer la opción de trabajar fuera de casa y a veces esta decisión nos produce un complejo de culpabilidad al tener que dejar a nuestros hijos solos. Este sentimiento es algo muy nuestro y nunca he oído entre los hombres que conozco que hayan sentido esta preocupación y sí lo han manifestado muchas de mis amigas y conocidas. Y es que los hijos, todavía, son más de las madres que de los padres.
Las nuevas generaciones femeninas vienen pisando fuerte y ahora están demostrando todo lo que valen. Están en todas las profesiones y son más en casi todas las carreras universitarias, incluso en las que se consideraban tradicionalmente de hombres. Pero siempre le cuesta más a una mujer llegar a los puestos más altos porque muchas de ellas todavía renuncian a ofertas que les obliguen a estar menos tiempo con sus hijos, con su familia.
Esto no es bueno ni malo siempre que la mujer pueda optar libremente por una cosa u otra. El mundo femenino siempre ha sido complicado y los nuevos tiempos nos traen nuevas complicaciones. Adaptarse a las circunstancias también ha sido siempre una cualidad muy femenina. Estoy segurísima de que las jóvenes encontrarán nuevos caminos que recorrer y nuevas metas que conseguir sin olvidar nunca que el hombre es un buen compañero de viaje si sabe adaptarse a estas nuevas circunstancias.
No quiero acabar sin reconocer que hay hombres que saben compartir con sus compañeras el placer de llevar adelante juntos un plan de convivencia, compartiendo y ayudándose mutuamente en un proyecto de vida común, en el cuidado y educación de los hijos. A ellos mis más sincera enhorabuena y mis felicitaciones.

martes, 4 de septiembre de 2007

Cajón de sastre: "Mi amiga"

MI AMIGA (texto de Carmen Jara, bibliotecaria de Ceutí)
Tengo una amiga que es un regalo del cielo. Nos conocemos íntimamente desde hace poco más de cuatro años, pero para un regalo tan maravilloso es mucho y espero que continúe así el resto de nuestra vida.
Nos unió la casualidad como tantas veces ocurre. Una casualidad que, dicho sea de paso, me unió al mismo tiempo con otra serie de personas con las que también mantengo una relación entrañable.
Estar con mi amiga es como tener de compañía a un gurú, un filósofo, un lama, es decir, a una persona de la que debes estar siempre pendiente para aprender con su ejemplo.
Mi amiga es el ser más feliz del mundo y trata y consigue que los que estamos a su alrededor también lo seamos. Al leer esto, se puede pensar que es de esas personas que nacen con estrella y tan fantástica que comparte su buena suerte con los demás.
Nada más lejos de la realidad. Mi amiga tiene poco más de cuarenta años y lleva casi diez sin poder trabajar. Era de esa rara gente que tenía el privilegio de disfrutar con su trabajo, le gustaba y además tenía a los mejores compañeros del mundo. La enfermedad la obligó a cambiar todo eso por una convalecencia perpetua.
Esto hubiera sido bastante para hundir al más bizarro pero en su caso no fue así. Tampoco adoptó la máxima de curarse en salud (bromas aparte) y dedicarse en cuerpo y alma a preocuparse de sí misma, que para eso le paga el estado.
En los momentos en que su enfermedad se lo permite, se dedica a visitar, acompañar e incluso a ayudar económicamente a aquellas personas que, como ella, han perdido la salud pero no tienen su suerte.
Pero en este juego que es la existencia humana, mi amiga guarda un comodín en la manga que es como si tuviera los cuatro ases de la baraja en cada jugada. Lo que en salud le ha negado la vida, lo ha compensado el destino al poner en su camino a un hombre, su marido, que es la personificación de la bondad, la placidez de espíritu, la honradez… en una palabra y como diría Antonio Machado es, en el buen sentido de la palabra, un hombre bueno.
Y es que, al final, con su enfermedad de por vida y todo, a mi amiga hay motivos para tenerle envidia.

martes, 21 de agosto de 2007

Cajón de sastre: "El Baño" (por Carmen Jara, bibliotecaria de Ceutí)

Es para este diario digital todo un placer y a la vez un lujo incorporar como nueva colaboradora del mismo a Carmen Jara, gran amiga, gran persona, amante de su pueblo, y que como profesión tiene el ser Bibliotecaria de Ceutí.
En el afán de El Alboroque Digital de ir contando cada vez con más colaboradores que nutran de contenidos más que interesantes al mismo y a la vez inviten a más lectores a seguirnos, Carmen Jara es todo un premio para este diario digital. Es de sobra conocida en Ceutí, amante de la cultura, bibliotecaria de profesión, y siempre presta a colaborar en todo lo que se le pide.
A partir de hoy inauguramos una nueva sección llamada "Cajón de sastre" que va a estar dirigida por Carmen Jara y que irá apareciendo de forma regular en nuestro Alboroque Digital, con escritos variados y curiosos que desde luego no pasarán desapercibidos para nadie. Desde aquí queremos agradecer a Carmen su apoyo desinteresado y le deseamos el mayor de los éxitos.

CAJÓN DE SASTRE: "EL BAÑO"
(Texto de Carmen Jara, bibliotecaria de Ceutí)
Pasar una mañana en la playa y más si es el mes de agosto, no tiene nada de extraordinario. Pero para mí si que lo tenía dado que hacía varios años que no me acercaba a la orilla de mar. No por gusto sino por acompañar a mi madre, decidí aventurarme a pasar una agradable, fresca y relajada jornada matutina en la arena. De ahí no pensaba pasar. La orilla arenosa de la playa era a lo más que llegaba el sacrificio por mi madre. El baño no estaba en mi proyecto ni de lejos. Siempre me ha dado mucha tiricia que la arena se me pegue al cuerpo cuando estoy mojada.
Cargadas con lo "imprescindible" en estos casos: la sombrilla, las silletas, las toallas, gafas de sol, gafas para la lectura, la lectura (un periódico y una revista "del corazón"), el protector solar y todo ello perfectamente colocado en una bolsa de playa del tamaño de un monovolumen de los que ahora están tan de moda, emprendimos el camino. El hecho de tener que andar por la arena hasta el lugar elegido para descargarnos de todo lo que transportábamos era un tormento digno de la Santa Inquisición.
La arena quemaba como si fueran brasas listas para asar lo que le pusieran encima. Entre saltitos para no sufrir quemaduras de tercer grado en mis pobres pies, a pesar de no haberme despojados de las sandalias, coloqué la sombrilla y me vino a la cabeza aquello de poner una pica en Flandes. En la exigua sombra que proyectaba traté de ubicar la superbolsa esperando que aún quedara espacio para mí. El calor era agobiante pero las personas que estaban a mi alrededor no parecían sentirlo porque algunas tomaban el sol como los lagartos que necesitan coger temperatura para poder sobrevivir. Cuando por fin pude quitarme la camisola que llevaba encima de mi flamante biquini y comencé a darme el protector solar, descubro horrorizada que la superficie depilada era claramente insuficiente o el biquini más pequeño de lo que creía. Con todo el cuidado del mundo fui untando todo mi cuerpo de crema para que me cubriera lo que no tapaba el bañador, y me dispuse a sentarme en una de las silletas que habíamos traído y así poder empezar mi lectura playera.
Todo iba bien hasta entonces pero a partir de ese momento se iba a complicar. Mi mano, debido probablemente a un exceso desmedido de crema solar, resbala de la silleta y va a hundirse en la arena. Me miro la mano con un gesto entre risa y asco y trato de quitármela como puedo. Ni que decir tiene que cuanto mas trataba de hacerla desaparecer, más me llenaba por todas partes. Decido dejarla como está y cojo para empezar "El País". Después de unos minutos, tanta luz me molestaba para leer y como mis gafas de sol no son graduadas, decido ponerlas encima de las de leer. Mucho "glamour" no puede decirse que destilara en esos momentos. Al rato y pareciéndome que me había caído arena en la barriguita, me miro y veo que parte del texto del periódico lo tenía marcado en mi abdomen debido al pringuerío que llevaba encima. Blanca como la nácar que estoy gracias a los muchos años de guardarme muy y mucho del maligno sol, y con parte del cuerpo tatuado con un artículo sobre economía ( la palabra TAE se podía ver claramente ), decido tratar de eliminar toda esa tinta de mi blanco cuerpo cuando de pronto, una suave brisa marina me arranca de las manos el periódico hoja a hoja. Un amable señor se apresuró a echarme una mano y me devolvió una de las hojas diciendo: "Se le ha volado el País, señora". En ese momento decidí que tenía que hacer algo drástico. Me metería en el agua y acompañaría a mi madre en su tranquilo baño. Fue la mejor decisión que podía haber tomado. El agua estaba limpísima, con una temperatura fantástica y las medusas debían estar ocupadas fastidiando a otros bañistas y no se nos acercaron. ¡Que buen baño después de tanto tiempo!